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Campesinos y empresarios

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Campesinos y empresarios

Julia Carabias Lillo  ||  Reforma  ||  21 de julio 2012

En medio de una coyuntura política tensa, una buena noticia no cae mal. Se trata de una de esas pequeñas cosas que ocurren en los sitios más recónditos del país, cuyos protagonistas son desconocidos y que, sumadas en decenas, cientos y miles, van haciendo un cambio silencioso que beneficia a México.

Esta historia se desarrolla en la Selva Lacandona, en el municipio de Marqués de Comillas, Chiapas, uno de los que colindan con Guatemala. La naturaleza de esta lejana parte del territorio es espectacular y, a pesar del deterioro sufrido durante los últimos 20 años, aún existen importantes fragmentos de exuberante selva inundable de gran importancia por su riqueza biológica y ecológica y por sus servicios ambientales. Este tipo de ecosistema predominaba en el estado de Tabasco; ya no queda prácticamente nada allí, los últimos refugios están en Marqués de Comillas.

Esta región fue colonizada en los años setenta, cuando Luis Echeverría promovió la ocupación de las fronteras. Lamentablemente, la falta de planeación, de opciones tecnológicas, de asistencia técnica y de apoyos económicos provocaron que los campesinos colonizadores, provenientes de ambientes muy distintos a los tropicales, desmontaran las selvas para su subsistencia bajo el sistema de roza, tumba y quema. Éste fue el segundo embate contra la naturaleza de esta región; a finales del siglo XIX y principios del XX empresas extranjeras habían saqueado la caoba y el cedro. Después de eso, la selva no tuvo valor y era considerada como un estorbo. Así fue como la deforestación de las últimas dos décadas en Marqués de Comillas triplicó la tasa nacional.

Por fortuna, no toda la selva quedó destruida; todavía existen remanentes muy importantes que, gracias a su colindancia con la Reserva de la Biosfera Montes Azules, mantienen diversas poblaciones de fauna silvestre. Un ejemplo de conservación lo han mostrado 22 ejidatarios del Nuevo Centro de Población Galacia, quienes, siendo dueños de más de mil hectáreas de selva, decidieron apostar a vivir de ella sin destruirla. Hace cinco años ingresaron al Programa de Pago por Servicios Ambientales de Conafor -estímulo económico que el gobierno proporciona a quienes conservan los ecosistemas naturales-, y en paralelo fueron buscando la forma de concretar su añejo deseo de construir un hotel ecoturístico.

Natura y Ecosistemas Mexicanos, asociación civil sin fines de lucro que trabaja en la conservación de la Selva Lacandona, asesoró y acompañó a este grupo de ejidatarios en la gestión, búsqueda de financiamiento, construcción, organización y capacitación para materializar este proyecto. Con el apoyo económico a fondo perdido de varios donantes y muchos cursos de capacitación quedaron construidas, inmersas en la vegetación, 14 cabañas con todas las comodidades necesarias así como un área social, y 22 ejidatarios, hombres y mujeres, reconvirtieron su actividad de agricultores y ganaderos en empleados ecoturísticos de su propio negocio.

Canto de la Selva, nombre del centro ecoturístico, es operado por los propios dueños de la selva de Galacia y de la empresa, quienes se organizaron en una sociedad de producción rural y eligieron a tres mujeres ejidatarias para que los representaran. Su estatuto establece tres elementos clave y novedosos para este tipo de proyectos: sólo pueden ser socios del hotel quienes son dueños de la selva; los empleados son los propios socios o sus familiares; y el reparto de utilidades está en función de la cantidad de selva que cada socio destinó a la conservación. Además, el hotel está construido siguiendo los mejores estándares ambientales para no provocar daño al ecosistema.

Canto de la Selva ya está operando y los resultados de la experiencia de los primeros grupos de visitantes han sido excelentes. A juicio de los turistas, las vivencias son extraordinarias, gracias a la selva, a las actividades que se realizan, a la calidad del servicio y a la infraestructura. A juicio de los dueños y empleados, tener un empleo digno y remunerado y que su selva haya adquirido el valor nunca antes reconocido es un gran motivo de orgullo.

Por supuesto que la historia no ha sido fácil; los obstáculos y sus soluciones a lo largo del proceso son lecciones muy importantes que, asimiladas y sistematizadas, pueden contribuir a su réplica. Se trata de una historia de éxito y de un verdadero ejemplo de ecoturismo porque reúne las cuatro condiciones para recibir este calificativo: conserva la naturaleza; genera los empleos e ingresos necesarios para que sus dueños se beneficien de ella sin transformarla; los ingresos son mayores con esta actividad por lo que los ejidatarios podrán mejorar sus condiciones de vida; y, la construcción y operación del hotel cumple con las mejores prácticas ambientales.

En síntesis, es un proyecto sustentable social, económica y ambientalmente como muy pocos en el país. Toca ahora consolidarlo y mantenerlo en el largo plazo. Mucha gente se pregunta ¿cómo puedo contribuir a proteger el medio ambiente? Aquí hay una respuesta: visitando Canto de la Selva.

Fuente: Hemeroteca

 

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